Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.36
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Veamos qué dirá la tuya.
DIANA: Pues atiende; que he de hacerla,
si tú en tierra, yo en el aire.
VENUS: ¿Cómo?
DIANA: De aquesta manera.
Suena un terremoto, y desaparecen VENUS y DIANA
MALANDRÍN: ¡Esto solo me faltaba,
que ahora un terremoto venga!
El demonio me metió
en andar por estas selvas.
Vase. Salen el REY y AURELIO
REY: ¿Qué nueva lid de elementos
confunde los horizontes
y, estremeciendo los montes,
va desatando los vientos?
AURELIO: De un instante a otro se mueve
tan violenta que el mar sube
a inquirir si es onda o nube
la que brama o la que llueve.
REY: Con mil pálidos desmayos,
de asombros los aires llenos,
nos están diciendo a truenos
que presto vendrán los rayos.
AURELIO: Dicha fue que de la quinta
estemos tan cerca ya.
REY: Y fuerza también será,
pues he de esperar a Aminta,
el pasar la noche en ella.
AURELIO: Dices bien; pues no imagino
que dé señas del camino
la menos brillante estrella,
según pálida la luna,
que entre sombras se obscurece,
de algún eclipse parece
que está corriendo fortuna.
REY: Qué arguya de esto no sé;
y ¿sabes lo que he pensado
de estas cóleras? Que el hado
que influjo de Irene fue
se ofende de que yo quiera
sacarla de la prisión;
y estas las premisas son
de la ruina que me espera.
AURELIO: No estos excesos, que son
causa de naturaleza,
hagan con tanta tristeza
caso en tu imaginación.
REY: No siempre lo que adivina
humana ciencia es verdad,
y no siempre una deidad
lo infalible vaticina.
AURELIO: Tú has hecho bien en sacalla
de la prisión, pues así
más lugar das; y si a mí,
ya que en esto no se halla
la majestad ofendida,
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