Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.18
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población.
MALANDRÍN: ¿Quién?
DANTE: Tú; y procura
que con algún beneficio
los alientos restituya.
MALANDRÍN: Juro a Baco que es el dios
por quien los pícaros juran,
que tal no lleve. ¡Por cierto,
linda comisión!
DANTE: ¿Qué dudas?
MALANDRÍN: Andar con un muerto a cuestas
por aquestas espesuras.
DANTE: Llévale; que yo no puedo.
MALANDRÍN: Ni yo tampoco. Sin duda,
que a lo que infiero era...
DANTE: ¿Qué?
MALANDRÍN: Amante de sola una,
porque es necio tan pesado
que las costillas me abruma.
Vase MALANDRÍN, llevándolo a cuestas
a LIDORO
DANTE: En efecto no hay desdicha
de quien no es otra mayor
consuelo.
Salen el REY, AURELIO, AMINTA e
IRENE
REY: ¡Dante!
DANTE: ¿Señor?
REY: ¿Has consultado, por dicha,
la respuesta que has de dar?
Que ya la de Aurelio sé.
DANTE: Óigala yo, para que
a ella responda.
AURELIO: Que estar
contra Irene conjurado
el poder de las estrellas
y que su destino en ellas
infausto nos diga el hado
no acobarda mi amor
la resolución gallarda,
porque sólo la acobarda
perder la gracia y favor
del rey, a quien, dando indicio
de mis lealtades, rendida
pongo a sus plantas mi vida
en humano sacrificio
que de ella hago a Irene bella;
pues, muriendo de dolor,
habrá cumplido mi amor
con él, conmigo y con ella.
DANTE: Pues yo, señor...
AMINTA: (¡Ay de mí! Aparte
¡Con qué de temores lucho!)
IRENE: (Dos veces muero, si escucho Aparte
desaires de un no y un sí.)
DANTE: Pues yo, señor, asentado
que esto no toca en lealtad,
supuesto que es voluntad
tuya, digo que del hado
las amenazas no temo;
pues cuando precisas fueran,
y no contingentes, vieran
mis desdichas el extremo,
con que el miedo les perdía;
pues no es posible, señor,
que haya desdicha mayor
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