Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.17
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pues cuando está más celosa
es cuando está más segura
una dama. ¿Por qué piensas
que en este tiempo es cordura
tener un hombre dos damas,
sino porque, si la una
falta, quede la otra que
la cátedra sustituya?
Y así soy de parecer
que a Irene dejes y suplas
a la una con la otra,
y a la otra con la una.
DANTE: Calla, loco, no prosigas;
que el oírte me disgusta,
cuando, al ver que una me obliga
al paso que otra me injuria,
temo que desesperado
al mar me arrojen mis furias,
donde en el último aliento
digan lástimas tan justas...
Dentro
LIDORO: ¡Ay infelice de mí,
contra cuya suerte dura
todo el poder de los hados
tiranamente se aúna!
DANTE: Aguarda. ¿Qué voz es ésta?
MALANDRÍN: Pues ¿a quién se lo preguntas?
¿Sélo yo?
DANTE: A lo que se deja
ver, entre ruinas caducas
que el mar a la tierra arroja,
de las ondas, con quien lucha,
parece que un hombre escapa
la vida casi difunta.
LIDORO: ¡Si aun no estás vengada, Venus,
de tu cólera sañuda,
no me des puerto en la tierra,
pero dame sepultura!
MALANDRÍN: Lo de "morir a la orilla"
se dijo por él sin duda.
Sale LIDORO como arrojado y desnudo
DANTE: Infelice peregrino
del mar, si de tu fortuna
la última línea no tocas,
el perdido aliento ayuda,
que otro infelice en sus brazos
te recibe, porque acuda
a quien fluctúa en el mar
quien en la tierra fluctúa.
LIDORO: Si vuestra piedad... No puedo
proseguir; que la voz muda,
dentro del pecho anegada,
todos mis sentidos turba.
¡Ay infelice de mí!
¡Muerto soy!
Desmáyase
DANTE: ¡Qué desventura!
¿Si ha espirado?
MALANDRÍN: No, señor,
que aun agonizando pulsa.
DANTE: Llévale a aquesa cercana
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