Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.11
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no soy sacerdotisa de Dïana,
pues sólo soy una mujer que llora,
tan modesta en pedir que aun de esta suerte
no pido más de que me des la muerte.
REY: Levanta, Irene, del suelo;
y pues en público acusas
mi majestad de tirana,
para que serlo no arguyan,
ni tú, ni cuantos oyeron
las hermosas quejas tuyas,
aunque lo sienta, he de darte
en público la disculpa.
El día que tuve aviso
de aquella batalla, en cuya
victoria estribó el honor
de mi majestad augusta,
hice sacrificio a Venus,
cuya hermosa deidad suma,
tutelar de Chipre, siempre
velando está en guarda suya.
Ella, al tiempo que sus aras
religioso fuego ahuma,
a mi culto agradecida,
por su oráculo articula
que vencerían mis armas,
pero tan a costa suya
que el mejor despojo de ellas
sería...
Dentro ruido grande
LIDORO: Asombros y furias
nos combaten.
UNO: ¡Iza!
OTRO: ¡Amaina!
OTRO: ¡Qué pena!
OTRO: ¡Qué ansia!
OTRO: ¡Qué angustia!
LIDORO: ¡Piedad, dioses!
TODOS: ¡Piedad, cielos!
REY: Cuanto iba a decir pronuncia
por mí el aire, pues en quejas
la voz a mis labios hurta.
IRENE: No, señor, en los acasos
el constante varón funda
agüeros; lamentos son,
cuantos hoy tu acento usurpan,
de un derrotado bajel
que, sin norte y sin aguja,
antes de tomar el puerto,
está corriendo fortuna.
AMINTA: Es verdad, pues, contrastado
de dos violentas injurias,
con los vientos y las ondas
a brazo partido lucha.
NISE: Ya de ambas sañas movido,
no sabe a qué parte sulca.
FLORA: Embates de mar y tierra
le zozobran y le asustan.
AURELIO: Y tanto que desbocado
choca con las peñas duras.
DANTE: En ellas cascado el pino,
su todo en partes menudas
desata, de suerte que
ya el que fue bajel es tumba.
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