Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.9
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de despojos y trofeos,
canté la victoria, y más
cuan[d]o, a mis reales volviendo,
supe al entrar en mi tienda
que el hermoso prisionero
que en ella estaba era..
Salen IRENE, CLORI y LAURA
IRENE: Yo,
que llegar, señor, no temo
a tus pies, gozando de esta
ocasión que hoy me da el cielo,
porque sé que en tus enojos
nada aventuro, supuesto
que no aventuro la vida,
porque es la que yo no tengo.
Y así, pues he de morir
sepultada en mi silencio,
muera anegada en mi llanto,
y débate por lo menos,
en albricias de mi muerte,
el estarme un rato atento.
Hija soy de Lidógenes de Egnido
isla del Archipiélago que, ufana,
como ésta a Venus consagrada ha sido,
aquélla consagrada fue a Dïana,
de cuyo opuesto rito ha procedido
entre las dos la enemistad tirana
que las mantiene en iras y rencores,
hija de olvidos una, otra de amores.
A aquesta causa aborrecidos creo
que siempre unos isleños de otros fuimos;
y así no hay que buscarle nuevo empleo
a nuestra enemistad, pues siempre vimos
que, opuesto el culto, opuesto está el deseo;
con que unos y otros al nacer hicimos
callados homenajes en la cuna
de aborrecer nuestra mejor fortuna.
Este, pues, heredado horror, que vario
el tiempo no borró de la memoria,
engendró en nuestra gente el temerario
pretexto de negarte aquella gloria
de que su rey te fuese tributario;
y aunque declare el cielo la victoria
en tu favor, nos queda por consuelo
creer que tuvo otro motivo el cielo.
Pues no siempre sus orbes celestiales,
no siempre sus luceros, sus estrellas,
árbitros de los bienes y los males,
lo mejor distribuyen que hay en ellas,
porque importa tal vez que desiguales
los dioses oigan mal nuestras querellas
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