Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.4
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que tú gustas de saberlo,
aunque es mi afecto tan noble
como el suyo, hiciera menos
en callarlo que en decirlo.
Y es fácil el argumento,
pues en materias de amor
siempre calla un caballero
y no siempre un rey pregunta.
DANTE: Dices bien, y yo me alegro
que en callar y hablar los dos
tan de un parecer estemos
que, hablando tú y yo callando,
quedemos los dos bien puestos.
AURELIO: Un día, señor...
Salen AMINTA y damas
AMINTA: Hermano,
¿qué es la causa que te ha hecho
dejar la caza y venir
otra novedad siguiendo?
REY: De Aurelio, Aminta, lo oirás,
pues que llegas a buen tiempo.
DANTE: (No llega sino a bien malo.) Aparte
REY: Prosigue, pues.
AURELIO: Oye atento.
Un día, señor, que a caza
saliste a este sitio ameno,
y yo contigo, llamado
de la ladra de sabuesos
y ventores, que lidiaban
con un jabalí en lo espeso
del monte, di de los pies
a un veloz caballo, a tiempo
que impacientes dos lebreles,
por llegar a socorrerlos,
antes que de la traílla
les diese suelta el montero,
le arrastraban por las breñas,
de suerte libres y presos
que, con cadena y sin tino,
iban atados y sueltos.
Pasaron por donde estaba
y, enredándose ligeros
entre los pies del caballo,
desatentado y soberbio
con ellos lidió, hasta que,
mal desenlazado de ellos,
el eslabón a un collar
rompió, y la obediencia al freno,
tal que de una en otra peña,
sin darse a partido al tiento
de la rienda, disparó,
hasta que, chocando ciego
con lo espeso de unas jaras,
perdió, con el contratiempo,
tierra tan dichosamente
que, él embazado y yo atento,
desamparamos iguales
yo la silla y él el dueño.
Aquí, al cobrarle la rienda,
se enarboló en dos pies puesto
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