A secreto agravio, secreta venganza (Pedro Calderón de la Barca) - pág.52
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y en una experiencia tal,
por los crisoles no ignoro
que salga acendrado el oro
sin aquel bajo metal
de la liga que tenía
y su valor deslustraba.
Así el mar las manchas lava
de la gran desdicha mía:
El viento la lleve luego
donde no se sepa della:
La tierra ande por no vella,
y cenizas la haga el fuego;
porque así el mortal aliento,
que a turbar el sol se atreve,
consuma, lave, arda y lleve
tierra, agua, fuego y viento. (Vase.)
Escena XVII
EL REY, EL DUQUE DE BERGANZA. ACOMPAÑAMIENTO.
DUQUE. Pensando el mar que dormía
segundo sol en su esfera,
mansamente retrató
a sus ondas las estrellas.
REY. Vine, duque, por el mar;
que aunque pude por la tierra,
me pareció que tardaba,
cuanto por aquí es más cerca.
Y habiendo estado las aguas
tan dulces y lisonjeras,
que el cielo, Narciso azul,
se vio contemplando en ellas,
ha sido justo venir
donde tantos barcos vea,
cuyos fanales parecen
mil abrasados cometas,
mil alados cisnes, pues
formando esta competencia,
unos con las alas corren,
y otros con los remos vuelan.
DUQUE. A todo ofrece ocasión
la noche apacible y fresca.
REY. Entre la tierra y el mar
deleitosa vista es ésta;
porque mirar tantas quintas,
cuyas plantas lisonjean
ninfas del mar, que obedientes
con tanta quietud las cercan,
es ver un monte portátil,
es ver una errante selva;
pues vistas dentro del mar,
parece que se menean.
Adiós, dulce patria mía,
que en él espero que vuelva
(puesto que es la causa suya),
donde ceñido me veas
de laurel entrar triunfante
de mil victorias sangrientas,
dando a mi honor nueva fama,
nuevos triunfos a la Iglesia,
que espero ver...
(Voces dentro.)
¡Fuego, fuego!
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