Selección de poemas (Pedro Calderón de la Barca) - pág.16
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Con inútil retórica consuela
al triste el que su mal le facilita;
pues al son que le aduerme, le desvela.
Llore el que de su llanto necesita,
que en su principio a un accidente extraño
fuerzas le da quien lágrimas le quita.
Una pena dorada de un engaño
o cobra la razón o pierde el brío
y aquél es sólo repetirle el daño.
Así quejas y lágrimas te envío,
¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!
¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!
Aunque mejor la fuerza de un tormento
sabe sentirse que decirse sabe,
porque en la voz no cabe el sentimiento,
que en el silencio solamente cabe.
Mas ya que a tanto la pasión me obliga,
quejas escucha (o con acento grave
la voz las calle o el callar las diga).
De aquella son, y con razón de aquella
dos veces, y de todos enemiga
fatal deidad, cuya triunfante huella,
sin que el respeto ni el temor la impida,
alcáceres supremos atropella.
A cuyo carro la ambición asida
arrastra las coronas que antes fueron
los ídolos humanos de la vida.
Aquella a quien en vano previnieron
defensa, ni la pluma ni la espada,
que el valor y el ingenio se rindieron.
Alcaide de la vida, que a su entrada
registro es nuestro el libro de la muerte,
partida por partida señalada.
Con condición que ha de morir advierte,
que entra a vivir el que nacer procura
echado a los umbrales de la suerte.
No el poder la venció, no la hermosura;
que ésta ni aquél pasó sin que primero
con llanto no firmase la escritura.
Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,
por cuenta le da el aire con que vive,
que aun no es suyo este soplo más ligero.
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