El escondido y la tapada (Pedro Calderón de la Barca) - pág.28
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Ayer al campo salí,
y a don Juan en él no hallé;
en el campo peligré,
y de otro amparada fui.
Y si a aquél agradecí
la fineza de mi vida,
a éste, que de mí se olvida,
castigarle puedo, pues
no es con éste cruel quien es
con aquél agradecida.
Vine a casa, como viste,
y don Juan no pareció
en toda la noche. Yo,
que ya sé que esto consiste
en ese festejo, triste,
no celosa, estoy, por ver
que don Juan, antes de ser
mi esposo, verme dilata,
y que desde ahora me trata
ya como propia mujer.
JUAN: Si supieras la razón,
tú me disculparas ya.
Buenos testigos quizá
aquestas paredes son.
Digan ellas la ocasión,
digan ellas...
LISARDA: ¿Para qué,
si yo con Beatriz hablé,
me respondéis?
JUAN: Culpa es mía.
Yo a Beatriz se lo decía,
y a Beatriz se lo diré.
Bajando anoche a buscar
a mi prima, vi al que dio
muerte a don Alonso, y yo,
con ánimo de vengar
mi pena, le fui a buscar,
llevando en mi compañía
a Félix, el que vivía
en esta casa. Llegamos
donde a César esperamos,
hasta que la rabia mía
me hizo embestir a otro hombre
por él. Justicia llegó;
conocernos pretendió,
y uno quedó --no te asombre--
muerto, cuando oímos el nombre
de don Félix repetido
y, viéndose conocido,
fuerza el ausentarse fue.
Ésta es la causa; porque
de honrado y de agradecido
yo no le pude dejar
hasta que en salvo estuviese
él y su casa e hiciese
diligencias de alcanzar,
si de mí llegaba a hablar
la justicia. Se ha sabido
que yo no fui conocido;
con lo cual me he asegurado;
que mal pudo otro cuidado
tenerme a mí divertido.
BEATRIZ: Pues yo, que he sido la oidora
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