Darlo todo y no dar nada (Pedro Calderón de la Barca) - pág.21
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el que ya las puertas sabe.
"¿Qué es esto?" dije y no pude
proseguir, porque a la cárcel
de mis ya presos alientos
torció el corazón la llave.
Lo mismo debió (¡ay de mí!)
de sucederle y pasarle
a él, porque, aunque hablar quiso,
fue solo con el semblante;
de suerte que, por algún
espacio los dos iguales
hablamos como por señas,
él suspenso y yo cobarde,
hasta que, ya prorrumpida
en mal troncadas mitades
la voz, vino a decir una
para mí tan disonante
que él pensó que era lisonja
y yo pensé que era ultraje.
"Amor" fue, como quien pone,
cuando algún volumen hace,
la inscripción en el principio,
para que ninguno extrañe
la materia o la cuestión
que ha de tratar adelante.
No le di yo tanta espera,
porque al ir a pronunciarle,
veloz la espalda volví,
mas no tanto que en mi alcance
no le valiese la acción
lo que la voz no le vale.
La mano me echó y yo, viendo
(¡oh, aquí el aliento me falte!)
que libertades no dichas
eran hechas libertades,
dictada no sé de quién,
de mi honor o mi coraje,
me hallé su espada en la mano,
sin saber quién se la saque
de la cinta; bien que ahora
lo sé, pues, para acordarme
que fue él, el corazón,
al ver que en dudar le agravie,
como quien dice "yo fui",
en mudos impulsos late.
él, haciendo licencioso,
con risueñas falsedades,
de mi amenaza desprecio,
de mi cólera donaire,
segunda vez a mi mano
la mano osó, pero en balde,
pues cuando pensó que eran
mujeriles ademanes,
la esmeralda de las flores
tiñó de su rojo esmalte.
"¡Muerto soy!" dijo; y al eco
de sus repetidos ayes
los que de escolta tenía
a golpes la puerta abren.
Furiosos entran y, viendo
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