Darlo todo y no dar nada (Pedro Calderón de la Barca) - pág.20
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las dos profanas deidades,
tanto, que amor a mi oído,
si acaso le nombra alguien,
me suena como ruidoso,
pero no como süave,
voy a que, habiendo tu gente
alto hecho en ese admirable
país de Grecia, porque en él
de tantas marchas descanse,
una desmandada tropa
destos soldados, que infames
califican lo que es hurto
con nombre de que es pillaje,
como si mudara especie
la ruindad por mudar frase,
a mi alquería llegó
(vergüenza es que en esto hable,
mas mejor están desnudas
que vestidas las verdades),
donde vilmente enconados
en robar dos recentales,
se trabaron de cuestión
con los bárbaros gañanes
que mis labranzas cultivan
y que mis ganados pacen.
A este ruido, pues, llegamos,
casi a concurrir iguales,
yo, que del monte venía,
y uno de tus capitanes,
cuyo nombre no le supe,
hasta oír aquí nombrarle.
Saludámonos corteses,
y acudiendo a reportarles,
retiré mi gente yo
y él la suya, sin que pase
más adelante su duelo
que no pasar adelante.
¿Quién creerá que nuestras guerras
naciesen de nuestras paces?
Hasta dejarme en mi quinta
me fue acompañando. Nadie
en lo galante se fíe,
porque suele lo galante
afeitar a lo traidor
la tez, bien como sagaces
las astucias de las flores
las asechanzas del áspid.
Despidióse de mí; y cuando
tranquilas seguridades
de la paz de mis sentidos,
ociosamente agradables,
me adormecían, al son
de unos sonoros cristales
que en un jardín entonaban
en bien templados compases
la natural armonía
de las copas de los sauces,
sentí ruido y vi por una
pared de hiedra arrojarse
un hombre al jardín, rompiendo
la muda clausura al parque.
Turbóme no conocido
primero; pero al instante
que distinguí de más cerca
el rostro, persona y traje,
conocido me turbó,
por dar de ladrón señales,
que por las paredes entre
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