Darlo todo y no dar nada (Pedro Calderón de la Barca) - pág.19
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a llorar su viudedad
se vino a estas soledades,
donde una hermosa alquería
que en la cerviz dese Atlante,
verde pedazo de cielo,
registra montes y mares,
fue su albergue y fue mi cuna,
sin que nunca a ver llegase
ni más políticas gentes
ni más pobladas ciudades
que estos riscos y estas breñas;
en cuyas austeridades
crecí, tan hijos del campo
mis afectos montaraces
que, pirata de la selva,
que, bandolera del aire,
[en dos elementos] reina
de las fieras y las aves,
el nombre de Timoclea,
último don de mi madre,
no sin jactancia al oírle,
me trocó en el de Campaspe,
como quien dice, campestre
deidad de uno y otro margen.
Pero ¿qué mucho? si como
yo el venablo desembrace,
como yo la flecha vibre,
no hay en términos distantes
pluma que el abril matice
ni piel que el diciembre manche
que por feroz se redima
ni que por veloz se salve,
hasta que ala o testa en
boreal venatorio examen
a mis umbrales no sea
adorno de mis umbrales;
tanto, que el que peregrino
a ellos llega con pie errante,
al ver colgadas las armas
en su frontispicio sabe
que, como reina de montes,
tengo guarda de animales.
Parece que del fracaso
que hoy a tus plantas me trae
la digresión me retira;
pues no; que, para que pasen
mis desdichas a su extremo,
es fuerza prevenir antes
que caen sobre sujeto
tan fiero y tan intratable
como el mío, porque hay
delitos menos culpables
en unos sujetos que otros;
y para haber de juzgarse
conviene que el juez distinga
sobre qué sujeto caen,
porque tiene no sé qué
prerogativas aparte,
para ser tal vez altiva,
la que nunca ha sido fácil.
Y así, asentado que yo
siempre en ejercicios tales
ignoré de Flora y Venus
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