Darlo todo y no dar nada (Pedro Calderón de la Barca) - pág.3
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sin que la curiosidad
os lleve siquiera a verlo?
DIÓGENES: Pues ¿qué hay que ver?
CHICHÓN: ¿Qué hay que ver?
Cuando no fuera el inmenso
aparato, con que vuelve,
coronado de trofeos,
un ejército triunfante
de toda Persia, trayendo
prisioneras a las hijas
de Darío, su supremo
rey, que, puesto en fuga, él solo
escapó su vida huyendo;
cuando no fuera el aplauso
con que le recibe el pueblo
en estas montañas, donde
ha de alojarse este invierno;
¿el ver no más a Alejandro
no bastaba, a cuyo esfuerzo,
como estas canciones dicen,
viene todo el mundo estrecho,
Cantan CHICHÓN y la MÚSICA
pues todo el mundo es línea de su imperio?
DIÓGENES: Necio te llamé una vez,
y ahora a llamártelo vuelvo.
¿Alejandro es más que un hombre,
tan vanamente soberbio,
que llora que hay sólo un mundo
para verle a sus pies puesto?
Pues ¿por qué me he de mover
a verle, cuando mi afecto
más fuera, si fuera un hombre
tan sabio, prudente y cuerdo
que llorara que no había
otros muchos mundos nuevos,
sólo para despreciarlos,
más que para poseerlos?
Pero esta filosofía
no es para ti, a lo que infiero
de tu traje y tus razones.
CHICHÓN: ¿Por qué?
DIÓGENES: Porque al culto atento
de ese humano dios aplaudes
su ambición, no conociendo
que con cuanto puede, no
puede enmendar un defecto
con que, para desengaño
de lo poco que es su imperio,
le dio la naturaleza
en los ojos.
CHICHÓN: Yo confieso
que, atravesados, es grande
la fealdad que tiene en ellos,
mayormente encarnizado
y lagrimoso el izquierdo,
sobre cuyo hombro derriba
la cabeza quizá el peso
del laurel; pero ¿qué importa
ser horroroso su aspecto,
si no le pasan al alma
imperfecciones del cuerpo?
DIÓGENES: Sí; mas debiera sin ellas
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