Con quien vengo vengo (Pedro Calderón de la Barca) - pág.26
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de hablar contigo, Lisarda,
y ninguna es como aquesta;
que si algún crïado mío
te informó de la manera
que suelen, lo que me trajo
de Milán quiero que sepas.
Yo vi en Milán una mujer tan bella...
no digo bien mujer... yo vi una diosa,
en los cielos de abril fragante estrella,
en los campos de sol luciente rosa,
tan entendida, tan sagaz, que en ella,
como de más estaba el ser hermosa,
que parece formó Naturaleza
entre la discreción tanta belleza.
Tal fue que, habiendo a mi desvelo dado
más de alguna ocasión y habiendo sido
agradecido imán de mi cuidado
y no ingrata prisión de mi sentido,
habiendo, pues, a mi temor librado
necios favores que borró el olvido,
con nueva voluntad, con nuevo empeño,
mudable me dejó por otro dueño.
Súpelo yo después de una crïada
que me dijo que ciega pretendía
aquella misma noche dar entrada
en su casa al galán que la servía;
pero que ella, a mis ansias obligada,
no a mis dádivas, dijo me ofrecía
venderme la ocasión. ¡Oh cuántas famas
las crïadas vendieron de sus amas!
Agradecí el aviso; que un celoso
le debe agradecer, aunque le pese;
y esperaba la noche cauteloso,
para que paso a mis traiciones diese,
cuando, viniendo a verme su penoso
amante, sin saber que yo lo fuese,
contándome sus dichas y desvelos,
creció más la congoja de mis celos.
Confieso que, si entonces me dijera
lo que yo en los amores ignoraba,
quedar secreto a su amistad debiera,
morir primero a mi lealtad tocaba;
mas si yo de su amor tan capaz era
que lo supe antes que él me lo contaba,
ni niego la fineza del efeto;
que lo que dos me dicen no es secreto.
Abrióme, pues, la puerta la crïada,
guiándome a su cuarto, donde aquella
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