Con quien vengo vengo (Pedro Calderón de la Barca) - pág.22
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LISARDA: Aunque alguna parte es ésa,
no toda. Di, si imaginas
otra cosa.
LEONOR: Sólo ésta
me daba cuidado.
LISARDA: Pues
persuádete que no es ésa;
y, supuesto que mi mal
comunicarse no deja,
no apures mi sufrimiento.
LEONOR: Dime, ¿en qué alegrarte pueda?
LISARDA: En dejarme; porque un triste
consigo solo se alegra.
LEONOR: Obedecerte deseo.
Contigo, hermana, te queda.
(¡Gran pasión es ésta, cielos! Aparte
¡Quiera Dios que por bien sea!)
Vase doña LEONOR
LISARDA: Ya estoy sola, ya bien puedo
dejar al dolor la rienda,
dar al aliento la voz,
soltar al llanto la presa
y, en mal pronunciadas voces
y en lágrimas mal deshechas,
dar corrientes y suspiros
a los ojos y a la lengua.
Salgan, pues, salgan del pecho
tantas desdichas y penas.
Mas no salgan; que, aunque estoy
sola, es tan grande la afrenta
que padezco que, al decirlas,
aun de mí tengo vergüenza.
Y, antes que mi agravio diga,
el primer acento sea
la disculpa, como aquél
que en una prisión espera
morir de veneno, y toma
primero la contrayerba.
Tres peligros tiene amor;
uno el que la voz alienta,
otro el que la vista admite,
y otro el que el oído engendra.
Conociendo el de los ojos,
les dio la naturaleza
párpados, porque no fuese
disculpa el ver una ofensa.
En la lengua puso luego,
como a monstruo, como a fiera
terrible, mayores guardas
de candados y de puertas,
tras canceles de coral,
otras murallas de perlas.
Pues, siendo así que previno
para los ojos defensa,
defensa para la voz,
¿cómo olvidó que tuviera
defensa el oído, siendo
el que aprende más apriesa?
Pues de lo que hace y ve
un hombre menos se acuerda
que de lo que oye; y no sólo
no hay guardas que le defiendan,
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