Con quien vengo vengo (Pedro Calderón de la Barca) - pág.19
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que da el monte de la luna,
infundir en la fortuna
del orbe silencio y sueño.
LEONOR: Aunque en mi mano tuviera
el orden del cielo yo,
hoy el curso del sol no
parara ni detuviera;
antes más prisa le diera,
por sentir el verte ausente;
que quien ama firmemente,
don Juan, que trocara sé
las glorias de lo que ve
a penas de lo que siente.
LISARDA: (Ya que más segura estoy Aparte
en lo que sé, le he de hablar;
pues así no podré errar.)
¿Y cómo saliste hoy
de con Lisarda?
OCTAVIO: (Aquí doy Aparte
al través. Mas la voz mía
por mayor responda.) ¿Había,
hermosa Nise, de hacer
caso yo de esa mujer?
Todo al fin fue niñería.
LISARDA: No mucho, porque yo sé
que es mujer que cumplirá
lo que dijere.
OCTAVIO: No hará.
LISARDA: ¿Por qué?
OCTAVIO: Yo me sé por qué.
LISARDA: Ella es fiera.
OCTAVIO: Ya yo sé
que ella es fiera averiguada.
LISARDA: Como nunca enamorada
se vio, y nunca quiso bien,
no tuvo duelo de quien
lo está.
OCTAVIO: Ella es una menguada.
LISARDA: ¿Menguada?
OCTAVIO: Y un argumento
lo podrá probar mejor.
LISARDA: ¿Y es...?
OCTAVIO: Que quien no tiene amor...
LISARDA: ¿Qué?
OCTAVIO: No tiene entendimiento.
LISARDA: Ése es falso fundamento.
OCTAVIO: No es sino fino.
LISARDA: Es error
dar a amor tan superior
grado.
OCTAVIO: Pues oye, y sabrás
que no se apartan jamás
entendimiento y amor.
Es amor una pasión
del alma, tan firme en ella,
que a duración de una estrella
se mide su duración;
un carácter o impresión
fija que lleva la palma
al tiempo, una dulce calma
que al alma suspensa tiene,
tan alma suya, que viene
a ser el alma del alma.
Que como si uno se atreve
fuego y nieve a mezclar, luego
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