El veneno y la triaca (Pedro Calderón de la Barca) - pág.8
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que es mucha vanidad de una hermosura
querer estar pintada con su estrella.
Dije: Y como mal los celos
un noble sabe fingir
(porque, en efecto, no es noble
el que con celos no es vil),
celoso, desesperado
y atrevido pretendí
de las bodas de mi dueño
estorbar el dulce fin.
Y como es del envidioso
naturaleza decir
mal de lo mismo que envidia,
a decir mal me atreví,
no de su hermosura, que era
un humano serafín,
sino de su calidad,
procurando divertir
del intento al rey, diciendo
que sería deslucir
su majestad, de inferior
naturaleza admitir
esposa; y que yo el primero
había de ser desde allí
el que rehusase jurarla
su esposa y mi emperatriz.
Enojado el rey de oírme,
en su aspecto le temí,
pero ya desesperado,
hasta vencer o morir,
no sólo emprendí quitarle
la esposa, pero emprendí
quitarle el reino, anhelando
hasta llegar a subir
a coronarme en su trono,
y si no lo conseguí,
bástame que lo intenté,
y no merece adquirir
nombre de infeliz aquel
que es por reinar infeliz;
fuera de que no fue sola
aquesta ambición en mí,
pues muchos vasallos suyos
que me llegaron a oír
se pusieron de mi parte,
y vuelta en guerra civil
la corte, los rebelados
publicamos el motín.
Comuneros del Empíreo,
ciento a ciento, y mil a mil,
armamos tres escuadrones
sobre campos de zafir.
De la parte del rey, otros
(que quisieron presumir
de leales) se pusieron,
y apenas roncó un clarín
estremeciendo los aires,
hizo señal de embestir,
cuando se trabó el encuentro
de la más sangrienta lid,
que sin sangre corrió mares
de púrpura y de carmín.
Aquí, de acordarme ahora
todo me confundo: Aquí
fue la mayor confusión
que se ha de ver ni escribir,
porque titubeando toda
esa fábrica, la vi
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