El veneno y la triaca (Pedro Calderón de la Barca) - pág.7
Indice General
|
Volver
Página 7 de 29
pueda mi voz desmentir,
príncipe augusto, e ilustre
de otro extranjero país.
Tan altivo soy, que el sol,
que por nubes de rubí
hace a la aurora llorar,
por ver al alba reír
presumo (y no sin razón)
que yo le enseñé a huir;
pues primero que el sol mismo
alumbré, y resplandecí,
esos rayos que él divulga
más vivos desde el cenit
se encendieron en las muertas
pavesas que yo perdí.
Lucero, y no sol me nombro,
que viéndome presidir
a las sombras de la noche,
me llamó Isaías así.
En el Empíreo que fue
mi patria, engendrado fui
tan galán por mi persona,
por mi lustre tan gentil,
por mi esfuerzo tan valiente,
por mi ingenio tan sutil,
que el mismo rey, por mis prendas
aficionado de mí,
valido suyo me hizo
poniéndome junto a sí.
Tanto a fiarme llegó,
que me llegó a descubrir
los más ocultos secretos
de su amor; mas ¡ay de mí!,
que allí acabó mi privanza.
¡Mi tragedia empezó allí!
Pues enseñándome un día,
entre uno y otro perfil,
un retrato de su esposa,
desde el punto que la vi
empecé, celoso y triste,
a padecer, y sentir
porque en la pintura estaba
con vida y alma el matiz,
y arrebatado en su amor,
sin obrar ni discurrir,
con mudas voces me acuerdo
que dije al retrato así:
Bellísima deidad, que repetida
de uno y otro matiz, vives pintada;
bellísima deidad, que iluminada
de un rayo y otro, animas colorida,
¿cómo estando en la lámina sin vida
dejas la vida a tu beldad postrada?
¿Cómo estando en el bronce inanimada
dejas el alma a tu beldad rendida?
Si nació con estrella tan segura
tu dueño, y él no más es señor de ella,
el influjo que debe a luz tan pura
vuelve a su original (¡oh copia bella!),
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
>>>
|