Las Órdenes Militares (Pedro Calderón de la Barca) - pág.4
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de león, ya de cordero,
ya de panal, ya de espiga,
racimo, vid o sarmiento,
rey, mercader y piloto,
sembrador y pastor bueno;
ninguno me asusta tanto
como el de soldado, viendo
que es el que tercer lugar
predice, llamando al cielo,
coronado de victorias,
aplausos y triunfos; tengo,
procurando apurar este
místico sentido (puesto
que sola la conjetura
es reducida a mi ingenio)
de reducir a un dictamen,
a un discurso, a un pensamiento
la experiencia, para ver
si en representable objeto
de metafórica frase
tantas confusiones venzo.
A ésta, pues, causa otra vez,
y otras mil a invocar vuelvo
del más elevado solio
al más abatido cetro;
y no sin razón, pues entre
orador y oyente, es cierto
que no se logra el decirlo
si se pierde el entenderlo.
Supongamos, pues, que el Mundo
es un monarca supremo,
que no faltarán razones
que lo acrediten, supuesto
que bienes del mundo son
las coronas y los cetros.
Supongamos que este joven
es, pues no le conocemos,
y hay quien como lidiador
le espere en su advenimiento,
un soldado de fortuna.
Y para que desde luego
la idea empiece, supongamos
que a pretender por sus hechos
viene a la corte del mundo,
que espera su audiencia, a tiempo
que él se halla divertido
en los músicos festejos
de la ignorante delicia
en que le tienen envuelto
Gentilidad y Hebraísmo,
sátrapas de sus imperios.
Conque a dos visos, guardando
los retóricos preceptos
de decir uno y ser otro,
pues fuera a correr sin velos,
Historia y no Alegoría,
en cuyos tropos es cierto
que anteponiendo los unos
y los otros posponiendo,
puede la imaginación
variar lugares y tiempos.
Cautelaré mis astucias,
investigando, inquiriendo,
ya que no puedo en las luces,
en las sombras, sus intentos;
pues es forzoso rastrear
de los informes del mesmo
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