Las Órdenes Militares (Pedro Calderón de la Barca) - pág.3
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voy por los tres discurriendo.
Y así, en cuanto a que una intacta
pureza conciba, tiemblo
de pensar que ya se dio,
pues de un joven nazareno
haber puesto en los padrones,
qué dije, de los pecheros
hijos de Adán,
la partida, no me acuerdo.
(Hojea el libro, y como que va a escribir en él, con los
cendales asidos a la pluma, mancha una hoja.)
Y cuando para anotarla,
buscándola, no la encuentro,
sólo saco haber manchado
la turbación el cuaderno.
¿Qué delirio, qué letargo,
qué ilusión, qué devaneo,
qué frenesí ofuscaría
la luz de mi entendimiento,
el instante de su rara
encarnación? ¿O qué velos,
qué nieblas, qué sombras, qué
oscuridades el cielo
me pondría ante los ojos
para no verla? Supuesto
que verla yo y no escribirla,
implicara el argumento.
Como principio asentado
esta admiración dejemos,
y vamos a que ya una
vez introducido dentro
de los fueros de la vida,
bien que troncados los fueros,
cuando fuera, que lo dudo,
este humanado portento,
el justo, que han de llover
las nubes; el fruto bello
que ha de producir la tierra,
el cándido rocío tierno
que ha de cuajar el aurora;
la escala, que los extremos
del cielo y tierra han de unir
por quien bajando y subiendo:
subiendo, se explica el hombre;
bajando, se explica el Verbo.
Cuando fuera, que lo dudo,
otra vez a decir vuelvo,
éste, cuya Encarnación,
yo, con ser yo, no comprendo,
el prometido Mesías,
aún no me asustara el serlo,
tanto (el segundo lugar
entra aquí) como que siendo
sobre la tierra milicia
la humana vida, recelo
que en metáfora de guerra
este ignorado supuesto,
entrando peregrinando,
haya de salir venciendo.
Y siendo así, que de cuantos
nombres hasta hoy le dieron
en literales sentidos
alegóricos misterios,
ya de piedra angular, ya
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