Las Órdenes Militares (Pedro Calderón de la Barca) - pág.2
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a su semejanza eterno.
Yo, aquel padrón que a la muerte
de verdes hojas de un leño
le encuadernó en este libro
todos los humanos pechos
del villanaje de Adán,
para ir cobrando sus feudos.
Yo, en fin, la original Culpa
y las ansias que padezco
son por que las sienta más
ocasionadas no menos
que de tres sacros lugares;
de tres soberanos textos,
que con ser ciencia del bien
y el mal no alcanzo ni entiendo.
El primero es el de Acaz,
que del cielo no queriendo
admitir señal, su fe
le dio por señal el cielo,
que una hermosa virgen, antes
del parto permaneciendo
virgen, en el parto, y virgen
después del parto, en su bello
útero concebiría,
a pesar de los tres tiempos,
fecunda, doncella intacta,
y madre, sin que por serlo
su integridad padeciese
ni lesión ni detrimento.
El segundo es el de Job,
en que después de haber hecho
a las miserias del hombre
tantos lamentosos versos,
desde que en culpa engendrado
hasta que en ceniza envuelto,
espera su mutación,
carea los dos extremos
del nacer y del morir,
el ser y el no ser, diciendo
que la vida humana es
el rato que dura en medio
de cuna y sepulcro, una
milicia llena de encuentros,
batallas y sediciones.
A que se añade el tercero,
que es el de aquel gran profeta
en que llamando a los cielos:
«Abrid las puertas -les dice-;
entrará el príncipe vuestro.»
«¿Quién nuestro príncipe es?»,
oye responder de adentro;
y él prosigue: «El poderoso
en las lides, el supremo
rey de todas las virtudes
y todas las glorias dueño.
Parecerán hasta aquí
desunidos sentimientos
que sea una virgen madre,
que sea una vida riesgos,
y sea un príncipe victorias.
Pues no, no lo son, si a efecto
de que concurran en uno,
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