La hidalga del valle (Pedro Calderón de la Barca) - pág.7
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Naturaleza, en la voz,
abro la casa en que vivo,
esperando un huésped nuevo,
para quien sólo previno
todo el aparato de esas
dos leyes, que has discurrido;
pero como soy la Gracia,
es fuerza que tu albedrío
responda siempre que llames.
¿Qué quieres? Que aunque mi pío
corazón darte quisiera
posada, mientras te miro
con ese hierro en el rostro
no puedes vivir conmigo.
CULPA Ni yo se lo consintiera,
que es mi esclava, y no permito
que viva con nadie.
GRACIA Pues
¿qué quieres de este retiro?
¿No basta, Culpa, que seas
hoy reina de cuanto miro,
viendo a la Naturaleza,
que fue mía, en tu servicio?
¿Que aquí vienes a ofenderme?
CULPA No; y supuesto que describo
el orbe, cobrando el pecho
a mi majestad debido
y que he llegado a tus puertas,
aunque desiertas las miro
por ahora, por si acaso
se poblaren de vecinos
(que siendo la casa esta
que a las leyes se ha seguido,
Natural y Escrita, bien
al verte en ella adivino
que la Ley de Gracia sea)
algún tiempo, determino
que de sus habitadores
fiadora salgas, escrito
dejando en este cuaderno
paguen, aunque sean mis hijos;
pues para reconocer
de su pecado el principio,
basta conocer el fin
que han de tener, rayo vivo,
llama pura ha de acabar
con todos, cuando el impío
diluvio segundo arroje
en desatados prodigios
iras, culebreando a rayos;
rayos, culebreando a giros.
GRACIA De ese furor, de ese incendio,
en los profetas previsto,
sin ofenderle las almas,
se quedará un verde sitio,
bien como allá en el diluvio
se reservó el paraíso,
luego si ha de reservarse
algo del incendio altivo,
mal haré en firmar por todos,
pues podrá ser (y aun lo afirmo)
que alguna humana criatura
en la hoguera de los siglos,
salamandra de ese fuego,
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