La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.701
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pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle
«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería
satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos
disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le
adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por el físico. Muchas
veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la
boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no
echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar,
dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne
ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma
ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su
vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura
facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero
capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía
estaba intranquilo.
-Está usted desmejorado-le decía Somoza.
-Cuidado-repetía Visitación.
Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había
recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia
que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a
la fortaleza de la Regenta.
«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía crac de
cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no
era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen
soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla.
Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en
presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él
faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por
excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes
bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a
última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos
después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no
eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños.
Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal,
parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa
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