La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.651
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sí.
Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo
campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque
tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba
ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura
religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;
también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las
protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto
era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don
Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los
remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía
sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una
reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la
arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y
sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en
ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas
que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor
que podía.
Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una
exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba
atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes
para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía
ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono
ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían
pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda
de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el
desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus
facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie
que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo,
el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos».
Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la
horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido,
extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y
principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las
prescripciones del médico.
Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo
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