La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.601
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quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el
no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección,
una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma
flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse
allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia
había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de
castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que
se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un
dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo
Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se
movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del
insecto que late en las paredes y se llama el reloj de la muerte.
-Oh sí, estuve loca-seguía Anita espantada todavía-estuve loca una
hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la
conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido...
yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro!
Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una
imagen confusa del recuerdo formidable....
De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror.
La locura pasó por su imaginación como un mareo.
«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del
clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de
gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de
la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior
incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,
solo él con un cuerpo adorado....
-¡Salvarme, quiero salvarme!-gritó Ana de repente volviendo a la
realidad-... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,
tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,
del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que
mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no
se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto
es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí,
confesar....
-Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo
también creí morirme, aquí mismo.
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