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La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.551

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... La
justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres?

-Tranquilícese usted, que no es el Magistral.

-Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el
presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y
verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos....

-Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con
buenos modos a estos señores.

-No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle
yo mismo.... ¿Quién llora ahí?

-Es su hija de usted.-¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala
pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario
y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala,
la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si
me levanto!

-Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese
usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote....

-Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del
cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!...

-¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí-gritó doña Petronila buscando la
escalera.

Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó
desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos
y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que
volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero
miserable de don Santos.

«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo
con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo
necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo».

Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban
partículas de carbón.

Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin
permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también.

De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no
pensaba más que en asegurar el triunfo de sus ideas, para lo que era
necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y
así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente


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