La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.501
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había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le
apretó la garganta, con lo que se asustó no poco.
Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un
deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un
continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez
para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás
aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras
voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero
era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda
esperanza, todo proyecto de conquista.
Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle
que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como
distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió.
-Nosotros-dijo-nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo
bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme
daño que provecho por ahora.
-Vetusta se pone muy triste por el verano....
-No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos.
Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó
los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a
la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que
iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en
pie delante de ella.
-¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa
aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano
enguantada y dijo temblando:
-Anita... si usted quiere... algo para las provincias....
-Que usted se divierta mucho, Álvaro...-contestó ella sin asomo de
ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de
su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de
la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca.
Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la
puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar.
La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y
amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban
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