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La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.451

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dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el
decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus
mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos
insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe
y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de
soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo realizaban las
criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores
mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el
ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por
dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a
verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de
energía suficiente a volverla a su yo, como a un puerto seguro; al
recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi
gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era
quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía
entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se
fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba
rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al
pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento
indescriptible, en el cerebro según ella.

Veía al médico muy preocupado con el tronco y sin pensar en los
dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería
cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había
que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más
humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria,
siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que
asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al
médico importaba saber de estos pormenores.

Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que
en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno,
descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a
aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las
horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle
afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan


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