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La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.351

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Iba a dormir a
la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro
tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no
subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el
desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera
decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un
tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.

La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la
claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la
pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que
dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
noches de invierno interminables el hijo del cura, como le llamaban
cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín,
que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los
brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento
le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera
piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su
madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que
le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos
aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,
una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en
su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y
muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella
explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella
turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de
fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias,
brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de
Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con
más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.
También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A
veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas
trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:

-Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre.


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