La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.301
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antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que
hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo
entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que
no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su
cuerpo y en la que pensaba tal vez.
No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se
compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que
iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta
era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida
virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que
exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y
grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la
ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la
tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín,
quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos
ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que
de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus
llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana,
asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de
los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los
cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban
siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las
mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran
más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había
sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y
cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.
Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los
convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les
llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y
junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras
sonreía ruborosa.
Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior:
cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda. Sin que nadie
le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y
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