La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.251
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hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La
despidió.
-Oye...-volvió a decir-. Nada, vete.
Se encogió de hombros.-«Es imposible-dijo entre dientes-; no hay
manera de averiguar nada».
Y, saliendo del despacho, dijo todavía:
-«¡Qué capricho de hombres!».
Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:
-«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».
-XII-
Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más
importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más
sacrificios pecuniarios en tiempo oportuno. Era político porque se le
había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los
buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su
mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá
en la otra guerra, los cristinos habían ahorcado de un árbol a su
padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de
gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que
tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su
religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él
toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces
naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su
piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para
los suyos y para muchos de fuera.
Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice
infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;
todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido
educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos
primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.
El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de
los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,
que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería
los pies de buen grado.
-Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el
señor está allá dentro y sale en seguida.
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