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La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.32

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inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
provincia, creía ser-y esto era verdad-el hombre más fino y cortés de
España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
leyes naturales, don Saturno-así le llamaban-después de haber perdido
ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
Bermúdez quería pasar por el hombre más espiritual de Vetusta, y el
más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su


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