La Regenta (Leopoldo Alas Clarín) - pág.6
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Y al
propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas
juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión
equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras
poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela
nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que
Clarín ha derramado en las páginas de La Regenta da fe la tenacidad
con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas
obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y
la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o
reencarnación de los propios personajes.
Desarróllase la acción de La Regenta en la ciudad que bien podríamos
llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en Vetusta
tiene Clarín sus raíces atávicas y en Vetusta moran todos sus
afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres
viven, brindando esperanzas; en Vetusta ha transcurrido la mayor parte
de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella
soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus
discípulos. Más que ciudad, es para él Vetusta una casa con calles, y
el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien
el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante
los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la
estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.
Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a
las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
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