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Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) - pág.31

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.. pero de rapiña. El encanto de aquella mirada y de aquella blancura hacía desvanecerse a poco la primera impresión de semejanza con un volátil rapaz, a que contribuí­an, a más de las facciones citadas, los pómulos, un poco duros y altos y demasiado distantes uno de otro. Tenía Emilia el cuello del mejor mármol que se quiera nombrar, pero algo corto; los hombros robustos, airosos, audaces, de una expresión petulante y graciosa, pero muy an­chos, así como las caderas, que, redondas y ampulosas, hacían resaltar más el primor de la cintura, todo lo esbelta y delicada que podía con­venir a torso tan arrogante.
Dominaba, seducía, exaltaba los sentidos la presencia de aquella buena moza, y a mí, además, por lo tanto, me asustó y me hizo sentir así como un malestar lleno de tentadoras delicias.
Mi madre estaba radiante después de esconder su pena y secar las lágrimas. La acogida que merecíamos a la mayor de las de Pombal no podía ser más halagüeña: no había allí fingimiento, era evidente que aquella señorita estaba muy contenta con tenernos allí, muy satisfecha con la visita, y que la antigua amistad de ambas familias vivía en su recuerdo y revivía en su corazón con sencilla espontaneidad, con fuer­za natural y expansiva.
Hablaba mucho, con una voz sonora, como un orador, y precipi­tadamente, desordenada en su discurso, pero no incorrecta. Su lengua­je era escogido, hasta delicado, sin afectación. No se comía las desinen­cias en ado, nunca, y, sin embargo, era su pronunciación familiar y co­rriente. A mi madre le oprimía la mano de nuevo, con efusión, cuando ella tenía que callar, para que mi madre dijese algo. Preguntaba mucho y le costaba trabajo contener la lengua para aguardar la respuesta, a que a veces se adelantaba, adicionándola o equivocándose; y cuando tenía que callar, se entretenía en eso, en apretar la mano de mi madre, y en gorjeos muy bonitos que eran admiraciones, ahogadas por corte­sía. A mirarme a mí se volvía muy a menudo, y cuando las noticias de mi madre aludían a mi humilde persona, entonces se cuadraba enfren­te de su humilde servidor, y me miraba de arriba abajo, y aprobaba con movimientos de cabeza, que también eran a su modo admiraciones.


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