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Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) - pág.23

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Ella es la que paga la manía, porque con su aristocracia se pasa la vida como D. Quijote la noche de velar las armas.
Sí: así habló mi madre: esto último es casi textual. Los diálogos que a veces reproduciré aquí para darme a mí propio el placer de con­vertir en novela mi historia, no serán siempre muy aproximados. La verdad por lo que toca a la letra, ¡quién va a decirla! Pero esta conver­sación que estoy copiando no sólo es exacta por su espíritu, sino que, en gran parte, estoy seguro de que reproduce las palabras de mi ma­dre. ¡Bendita sea su memoria! Aquel diálogo era solemne a pesar de las apariencias: por él entraba yo en la iniciación de mi destino. Ir o no ir a ver a las de Pombal: ésta era la cuestión. Iba a comenzar el noviciado de mi profesión. ¡Es tan natural, tan justo, que fuera mi madre quien me condujera a mi suerte!
Ella, tan ajena siempre a mis grados académicos, tan olvidada de mis sabidurías y borlas doctorales, de mis triunfos periodísticos; tan extraña a la vida de mis cavilaciones y empresas intelectuales, de las que jamás supo cosa mayor, si no así, en montón, que tenía un chico listo que padecía jaquecas y se levantaba muy tarde, por culpa de los pícaros libros y de las endiabladas filosofías; ella, que jamás leyó nada mío, que hubiera sido el último de los lectores... que no leen, filisteos y burgueses, de que tanto he abominado cuando imitaba a Heine y de­más; ella, tan buena católica apostólica romana que cuando se trataba de discutir dogmas convertía el alma en un erizo; ella, el ángel que Dios me había puesto al lado de la cuna, era la que debía llevarme a casa de las de Pombal... para que Dios me repartiese el dolor y la dicha que me tocaban en el mundo.
Cuando mi madre, tomándome una mano, me hacía estrechar con ella la de aquella señorita a quien, presentándomela, llamó «la pe­queña de Pombal, Elena», no sabía que sus palabras, al parecer insigni­ficantes, vulgares, eran toda una frase sacramental; sí, de un sacramen­to humano, que consiste en pasar el corazón de una mano a otra en la vida, de un apoyo y un amor a otro amor y otro amparo.


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