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Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) - pág.17

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Había empezado, en efecto, por decir que a los diez y siete años era Narciso Arroyo, el que suscribe, un chico sin novia, a no ser que contáramos a la Virgen María... y después salto a Leopardi, al ateísmo poético, etc., etc.: ¿qué orden es éste?
Sepa de una vez para siempre el Zoilo hipotético que yo soy germanista, que soy un latino que en esto de despreciar la arquitectura literaria me acerco a las leyendas de Odino y a los poemas caóticos de los primitivos sajones y demás hombres del norte.
El orden lo llevo yo en el alma: no es cuestión de literatura, es cuestión de conciencia. Yo aseguro que hay orden en todo lo dicho y basta. Leopardi y la Virgen María... ¿qué tienen que ver una cosa con otra? ¡Bah! Para la historia de mi espíritu, mucho. Yo, en el tiempo a que me vengo refiriendo, hacía a mi manera (de que ya hablaré) com­patibles mis tristezas metafísicas, mi bancarrota universal, con las creencias católicas, o que por tales tenía mi relativa ignorancia. Yo cre­ía, como tantos otros creen, que porque tenía el símbolo de la fe tenía la fe. No sabía que si mi catolicismo hubiese sido fuerte como el de un creyente de la edad media, verbigracia, mis tristezas no llegarían hasta la raíz del mundo. Pero, en fin, entre contradicciones, de que a ratos tenía conciencia en forma de remordimiento, yo me llamaba católico, y era casi místico, en el sentido de cuasi visionario. El culto de María, no externo, pues éste desde la lejana infancia no había vuelto a tenerle (fuera de las oraciones que mi madre me había enseñado poco después de nacer); el culto de María, interior, poético, vago y misterioso, era uno de mis pocos consuelos de entonces. Mi madre y la Virgen eran, en rigor, las únicas ventanas por donde yo veía entonces un poco de cielo azul. A veces, en horas de exaltación, yo había casi creído en la proxi­midad de una aparición de María. Pues bien: al terminar la lectura de aquellas quejas del pastor oriental a la luna, entre las lágrimas de com­pasión infinita que me inspiraba Leopardi, el pastor, la luna, el rebaño, el mundo entero.


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