La Feria de Sorochinetz (Nikolai Gogol) - pág.12
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En alguna que otra parte empezaba a brillar una luz, y un grato olor a Galushki (2) se extendía por las calles silenciosas.
-¿Por qué estás tan melancólico, Grizko ?-gritó a nuestro mozo un gitano alto, de bronceado rostro, al tiempo que le daba una palmada en el hombro.
-Qué... ¿Me das los bueyes por veinte rublos?
-Tu no piensas más que en los bueyes. Para los de tu tribu solo existe la codicia. Lo importante es atrapar a un buen hombre y embaucarle.
-¡Diablos!... Por lo que veo, lo has tomado en serio... ¿No será que te fastidia haber cargado voluntariamente con una novia?
-No. No acostumbro a arrepentirme. Cumplo mi palabra. Lo hecho, está hecho. El que no tiene conciencia, por lo visto, es ese bestia de Cherevik. Dio su palabra y ahora se vuelve atrás. Bueno..., después de todo, no hay que culparle... Es un alcornoque y nada más. Todo esto son maniobras de la vieja bruja, aquella a quien insulté hoy, yendo con los muchachos por el puente. ¡Ay, si yo fuera rey o algún gran señor!... ¡Haría ahorcar a todos los imbéciles que se dejan ensillar por las mujeres!
-¿Me darás los bueyes por veinte rublos si obligamos a Cherevik a darte a Paraska?
Grizko le miró perplejo. En las bronceadas facciones del gitano había algo maligno, mordaz, ruin y, al mismo tiempo, altanero. Bastaba mirarle para advertir que en aquella alma extraña hervían grandes virtudes de esas que solo podían merecer por recompensa en la tierra la horca. Una boca completamente perdida entre la nariz y la afilada barbilla e iluminada siempre por una sonrisa punzante, los ojos y aquellos relámpagos reveladores de sus proyectos y tentativas sucediéndose incesantemente en su rostro, todo parecía requerir cierta singular vestimenta. Una vestimenta semejante a la que usaba. Aquel kaftán marrón oscuro que parecía había de reducir a polvo el mero contacto, la cabellera negra, cayendo en guedejas sobre los hombros; los zapatos calzando unos pies tostados y desnudos... Todo, por lo visto, adherido a él y pareciendo formar parte de su naturaleza.
-Te los daré por quince rublos, no por veinte -contestó el mozo sin apartar del gitano los ojos escrutadores.
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