La Feria de Sorochinetz (Nikolai Gogol) - pág.9
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Puede esperarse que de un momento a otro aparezca la casaca roja.
-¿Qué casaca roja es esa?
Al llegar a este punto, a nuestro oyente se le erizaron los cabellos. Volvióse aterrorizado y vio a su hija y al mozo en pie, plácidamente abrazados, murmurándose no se sabe qué cuentos de amor y olvidados de todas las casacas del mundo. Esto disipó el terror del campesino, devolviéndole su anterior despreocupación.
-¡ Eh! ... ¡Eh..., paisano! ¡Por lo visto eres un maestro en abrazar! ¡Y yo que no aprendí a abrazar a mi difunta Jveska hasta el cuarto día de casados, y eso gracias a mi compadre, que me enseñó!...
El mozo advirtió al instante que el padre de su adorada no era hombre muy despejado, y se trazó un plan para inclinarle a su favor.
Seguramente, buen hombre, no me conoces pero yo te he reconocido a ti en seguida.
-¿ Reconocido?... Puede...
-Si quieres, puedo decirte tu nombre y tu apodo y todo lo que se te ocurra. Te llamas Solopii Crezevik. Mírame a mí bien. .. ¿No me conoces ?
-No, no te conozco. No lo tomes a mal, pero ¡he visto tantas carotas en mi vida, que ni el diablo podría recordarlas!
-¡Es una lástima que no recuerdes al hijo de Golopupenkov!
-¿No serás por casualidad el hijo de Ojrimov?
-¿Y quién si no?
Aquí los amigos echaron mano a las gorras y empezaron a besarse. Pero nuestro hijo de Golopupenkov, sin perder tiempo, resolvió poner sitio a su nuevo conocimiento.
-¡Ya ves, Solopii! ... Tu hija y yo nos hemos enamorado de tal manera que tenemos que vivir juntos eternamente.
-¿Y tú, qué... Paraska?-dijo Cherevik, volviéndose hacia su hija y riendo-. Quizá podáis..., en efecto..., como suelen decir..., pacer en los mismos pastos. ¿Qué?... ¿Chocamos las manos? ¡Vamos tú..., nuevo yerno..., convídame a festejarlo!
Y los tres Se fueron al conocido restaurante de la feria, cuyas estanterías se hallaban ocupadas por una numerosa flotilla de botellas y fraseos de todas clases y edades.
-¡Hola! ¡Así me gustan los hombres!-dijo Cherevik, algo achispado, al ver cómo su futuro yerno llenaba una jarra de medio cuartillo de vino y la apuraba entera sin pestañear, tirándola luego al suelo, donde quedó hecha añicos.
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