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El Príncipe (Nicolás Maquiavelo) - pág.37

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AI principio de sus empresas por tierra firme, nada tenían que temer de sus capitanes, asi por lo reducido del Estado como por la gran reputación de que gozaban; pero cuando bajo Carmagnola el territorio se fue ensanchando, notaron el error en que habian caído. Porque viendo que aquel hombre, cuya capacidad conocian después de haber derrotado al duque de Milán, hacia la guerra con tanta tibieza, comprendieron que ya nada podía esperarse de él, puesto que no lo quería; y dado que no podian licenciarlo, pues perdían lo que habian conquistado, no les quedaba otro recurso, para vivir seguros, que matarlo. Tuvieron luego por capitanes a Bartolomé de Bérgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros de quienes no tenian que temer las victorias, sino las derrotas, como les sucedió luego en Vaili, donde en un dia perdieron lo que con tanto esfuerzo habían conquistado en ochocientos años. Porque estas milicias, o traen lentas, tardías y mezquinas adquisiciones, o súbitas y fabulosas pérdidas.
Y ya que estos ejemplos me han conducido a referirme a Italia, estudiemos la historia de las tropas mercenarias que durante tantos años la gobernaron, y remontámonos a los tiempos más antiguos, para que, vistos su origen y sus progresos, puedan corregirse mejor los errores.
Es de saber que, en épocas no recientes, cuando el emperador empezo a ser arrojado de Italia y el poder temporal del papa acrecentarse, Italia se dividió en gran número de Estados; porque muchas de las grandes ciudades tomaron las armas contra sus señores, que, favorecidos antes por el emperador, las tenían avasalladas; y el papa, para beneficiarse, ayudó en cuanto pudo a esas rebeliones. De donde Italia pasó casi por entero a las manos de la Iglesia y de varias repúblicas -pues algunas de las ciudades ha­bían nombrado príncipes a sus ciudadanos--; y como estos sacerdotes y estos ciudadanos no conocían el arte de la guerra, empezaron a tomar extranjeros a sueldo. El primero que dio reputación a estas milicias fue Alberico de Conio, de la Romaña, a cuya escuela pertenceen, entre otros, Braccio y Sforza, que en sus tiempos fueron árbitros de Italia.


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