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Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) - pág.14

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En fin, toda la habilidad de esos grandes políticos consiste en fascinar de tal modo a aquellos de quienes necesitan, que todos creen trabajar por su propio interés cuando en realidad trabajan por el de ellos. Digo el de ellos, en tanto y en cuanto el verdadero interés de los jefes consista en aniquilar al pueblo a fin de someterlo y arruinar su bien, asegurándose su posesión.
9 Adviértase la afinidad con los argumentos sobre la virtud de Montesquieu en El Espíritu de las Leyes, libro 111, caps. III y IV.
Librodo

Mas cuando los ciudadanos aman el deber y los depositarios de la autoridad pública se aplican sinceramente a nutrir ese amor con su ejemplo y sus cuidados, todas las dificultades se desvanecen, y no es difícil administrar sin ese arte cuyo único misterio es la malicia. Esas almas ilustres, tan peligrosas como admiradas; todos esos grandes ministros, cuya gloria se confunde con las desgracias del pueblo, ya no son indispensables; las costumbres públicas sustituyen al genio de los jefes y a medida que el reino de la virtud se va extendiendo, los talentos parecen menos necesarios. La ambición misma es entonces deseada más bien por deber que por usurpación: el pueblo, convencido de que sus jefes trabajan sólo en pro de su felicidad, les dispensa por deferencia de trabajar para afianzar su poder, y así la historia nos muestra en mil ocasiones que la autoridad que el pueblo otorga a aquellos que ama y por los que es amado, es cien veces más absoluta que toda la tiranía de los usurpadores.10 Esto no significa que el gobierno deba tener miedo de usar su poder, sino que debe usarlo legítimamente. Mil ejemplos da la historia de jefes pusilánimes o ambiciosos, vencidos por desidia o por orgullo, pero ninguno que haya acabado mal por limitarse a ser equitativo. Mas no debemos confundir moderación con negligencia, ni dulzura con debilidad. Ser justo exige ser severo; soportar la maldad que se puede reprimir con derecho es como ser malvado con uno mismo.
No basta con decir a los ciudadanos: sed buenos; hay que enseñarles a serlo, y el ejemplo, primera lección al respecto, no es el único medio. El amor a la patria es el medio más eficaz, porque, como ya he dicho, el hombre es virtuoso cuando su voluntad particular es en todo conforme a la voluntad general y quiere aquello que quieren las gentes que él ama.


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