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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.551

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Al primer aviso que tuvo el señor bailío de esta fermentación, escribió en favor mío a varios miembros del gobierno, censurando su ciega intolerancia y avergonzándoles de que rehusasen a un hombre de mérito el asilo que tantos bandidos encontraban en sus Estados. Personas sensatas han presumido que el calor de estos reproches había contribuido a agriar más bien que a dulcificar los ánimos. Como quiera que sea, ni su influencia ni su elocuencia fueron bastantes a parar el golpe. Sabiendo la orden que debía darme de antemano, me previno, y por no esperar esta orden resolví partir al siguiente día. La dificultad estaba en saber a dónde ir, viendo que para mí estaban cerradas Ginebra y Francia, y previendo perfectamente que, en este asunto, cada cual se apresuraría a imitar a su vecino.
La señora Boy de la Tour me ofreció una casa vacía, pero amueblada, que pertenecía a su hijo y estaba situada en la villa de Motiers, Val-de-Travers, condado de Neufchátel. Para llegar allá, sólo tenía que atravesar una montaña. La oferta venía tanto más a propósito, cuanto que en los Estados del rey de Prusia debía yo estar naturalmente al abrigo de las persecuciones, ya que a lo menos la religión no podía servir de pretexto. Mas había una secreta dificultad, que no me convenía revelar, y era bastante para hacerme vacilar. El innato amor a la justicia que siempre devoró mi corazón, unido a mi oculta inclinación a Francia, me había inspirado aversión hacia el rey de Prusia, quien, con sus máximas y su conducta, me parecía que hollaba todo respeto hacia la ley natural y a todos los deberes humanos. Entre los cuadros con estampas con que había adornado mi torrecilla de Montmorency, había un retrato de este príncipe que llevaba al pie un dístico que acababa así:

Ji pense en philosophe, et se conduit en roi

Este verso que, puesto por otra pluma hubiera sido un elogio, tenía en la mía un sentido nada equívoco, y que por otra parte aclaraba bastante el verso precedente 2 Cuantos habían venido a yerme, y no eran pocos, habían visto este dístico. El caballero de Lorenzi hasta lo había copiado para dárselo a D´Alembert, de quien yo no dudaba que habría tenido el buen cuidado de indisponerme, gracias a él, con el príncipe. Además había aumentado este primer agravio en un pasaje del Emilio, donde, bajo el nombre de Adrasto, rey de los daunios, se veía bastante a quién aludía, observación que no había escapado a los glosadores, puesto que la señora de Boufflers me había puesto en el caso de hablar de este asunto varias veces.


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