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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.401

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Para colocar mis personajes en un lugar digno de ellos> me detuve a examinar sucesivamente los que había visto en mis viajes. Mas no hallé floresta bastante agradable, ni paisaje bastante poético para mi gusto. Los valles de Tesalía hubieran podido satisfacerme si los hubiese visto; pero mi imaginación, a i a da de inventar, pedía algún país real que le sirviese de apoyo, y me ilusionase respecto a Ja existencia de los habitantes que en él quería establecer. Durante mucho tiempo pensé en las islas Borromeas, cuyo delicioso aspecto me había entusiasmado; pero hallé en ellas sobrado ornato y artificio para mis personajes. Necesitaba además un lago y acabé por escoger aquel junto al cual no ha cesado de vagar mi corazón. Fíjeme en la parte de las márgenes de este lago donde, desde hacía mucho tiempo, deseaba establecer mi residencia en la imaginaría felicidad que la suerte me ha limitado. El país natal de mi pobre mamá también tenía para mí un atractivo predilecto. El contraste de su situación, la riqueza y variedad de los sitios, la magnificencia, la majestad del conjunto, que halaga los sentidos, conmueve el corazón y eleva el alma, acabaron de resolverme y coloqué mis jóvenes pupilas en Vevai. He ahí todo lo que de más fué adicionado en lo sucesivo.
Durante mucho tiempo me limité a un plan tan vago, porque era cuanto bastaba a llenar mi imaginación de objetos gratos, y mi corazón de los sentimientos de que gusta alimentarse. A fuerza de repetirse estas ficciones, al fin tomaron más consistencia y se fijaron en mi cerebro bajo una forma determinada. Entonces fué cuando tuve el capricho de estampar en el papel algunas de las situaciones que aquellas me ofrecían; y recordando cuanto en mi juventud había sentido, dar así libre vuelo, en cierto modo, a los deseos que no había podido satisfacer, y que me devoraban.
Al principio extendí sobre el papel algunas cartas dispersas, sin orden ni enlace; y cuando quise unirlas me hallé a menudo con bastantes dificultades. Lo que difícilmente podría creerse, y es, sin embargo, la pura verdad, es que la primera y la segunda parte han sido escritas casi enteramente de este modo, sin que tuviese ningún plan determinado, y aun sin prever que algún día me tentaría el deseo de componer un libro en regla. Así se ve que estas dos partes, formadas impremeditadamente con materiales que no fueron preparados para llenar el lugar que ocupan, están llenas de una verbosidad que no se halla en las otras.


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