Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.201
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Mil veces se lo había hecho presente, la había apremiado, suplicado, siempre en vano. Me había echado a sus pies, haciéndole una viva pintura de la catástrofe que le amenazaba; la había exhortado fuertemente a que redujese sus gastos, empezando por mi; a que prefiriese sufrir un poco siendo joven todavía, a multiplicar continuamente sus deudas y acreedores, exponiéndose a sus vejaciones y a la miseria en la vejez. Ella, agradecida a la sinceridad de mi celo, se enternecía conmigo y me hacía las más halagüeñas promesas, pero llegaba un tunante, y al momento quedaba todo olvidado. Después de haber repetido muchísimas veces esta prueba inútilmente, ¿qué me quedaba hacer, sino apartar la vista de un mal que no podía evitar? Me alejaba de la casa cuya puerta no podía guardar; emprendía excursiones a Nyon, a Ginebra, a Lyon, que si adormecían algo mi dolor secreto, aumentaban sus motivos a causa de mis gastos. Juro que me habría abstenido de todo con el mayor gusto si mamá hubiese sabido aprovecharse verdaderamente de mis ahorros; pero, seguro de que los bribones se hubieran apoderado de mis economías, abusaba de su condescendencia para compartir los gastos con ellos, y, cual perro que vuelve del matadero, me llevaba una porción de lo que no podía salvar.
No me faltaban pretextos para todos estos viajes, y mamá por si sola me los hubiera dado, tantas eran las relaciones que tenía en todas partes, negocios, quehaceres y misiones de confianza. No deseaba otra cosa que enviarme; yo no pensaba más que en partir; de donde había de resultar para mí una vida asaz vagabunda. Estos viajes me facilitaron algunas buenas relaciones, que en lo sucesivo me han sido gratas o de utilidad; entre ellas la del señor Perrichon, que adquirí en Lyon y me arrepiento de no haber cultivado bastante, en atención a las bondades que me dispensaba; la del buen Parisot, de quien hablaré a su tiempo; en Grenoble, las de la señora Deybens y de la señora presidenta de Bardonanche, mujer de gran talento y que me hubiera cobrado afecto, si hubiese estado en mi mano verla más a menudo; en Ginebra, la del señor de la Closure, ministro residente de Francia, que me hablaba con frecuencia de mi madre, de cuyo recuerdo no había podido desprenderse su corazón, a pesar de su muerte y del tiempo transcurrido; la de los dos Barillot, de los que el padre, que me llamaba su nieto, tenía un trato muy agradable y era uno de los hombres más dignos de cuantos he conocido.
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