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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.39

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Lejos de devolverme a mi casa, aprovechó mi deseo de alejarme de ella para imposibilitarme la vuelta, aun cuando yo lo hubiese deseado. Podía asegurarse que me ponía en camino de ser un granuja o de morir de miseria. Pero no reparó en ello. Él no vió más que un alma arrancada a la herejía y llevada a la Iglesia. ¿Qué le importaba que fuese yo un tunante o un hombre de bien, con tal de que fuese a misa? Pero no se crea que tal modo de pensar sea peculiar de los católicos; es propio de toda religión dogmática cuya esencia no comiste en obrar sino en creer.
"El Señor os llama -me dijo-; id a Annecy; allí encontraréis a una buena señora, muy caritativa, a quien los beneficios que el rey le dispensa, le permiten apartar a otras almas del error en que ella misma se ha visto sumida". Referíase a la señora de Warens, recién conversa, a quien los curas obligaban a compartir una pensión que le tenía asignada el rey de Cerdeña con la gentuza que iba a vender su fe. La necesidad de recurrir a una buena señora muy caritativa me humillaba. Me agradaba, sí, que me diesen lo necesario, pero no que me hiciesen limosna, y una devota no tenía para mí atractivo alguno. Mas empujado por el cura,´ por el hambre que me apretaba y por el deseo de emprender un viaje y de llevar un fin determinado, resolvíme, aunque con dolor, y partí a Annecy. Podía ir en un día fácilmente; pero no me apresuraba, y tardé tres. No divisaba castillo a derecha o izquierda del camino adonde no corriese en busca de las aventuras que estaba en la seguridad de que me esperaban en ellos. No me atrevía a entrar ni llamar a sus puertas porque mi timidez era extrema; pero cantaba al pie de la ventana que mejor me parecía, extrañándome sobremanera no ver asomarse, después de haberme desgañitado, damas ni doncellas atraídas por la belleza de mi voz o la gracia de las canciones, atendido que sabía algunas admirables, aprendidas de mis camaradas, y a que las cantaba divinamente.
Llegué, en fin, y vi a la señora de Warens. Aquella época de mi vida determinó mi carácter; no puedo resolverme a pasar por ella a la ligera. Tenía yo dieciséis años. Sin ser lo que se llama un joven guapo, era, aunque de baja estatura, bien formado; tenía el pie pequeño, la pierna bien contorneada, la expresión despejada, el rostro animado, la boca chiquita, las cejas y el cabello negros, los ojos pequeños y un poco hundidos, pero que lanzaban con vigor el fuego en que yo ardía.


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