Juegos tradicionales, entretenimientos e información

    Home | Juegos Online | Biblioteca | Libros Clásicos | Crucigramas | Ingenio | Enciclopedia | Diccionario | E-Commerce | Chat

  Secciones > Libros Clásicos > Las confesiones (Jean Jacques Rousseau)

Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.26

Indice General | Volver

Página 26 de 612


Tal vez habría obtenido el mismo éxito en casa de mi amo; pero es bien seguro que allí no se me hubiera ocurrido o, a lo menos, no me habría atrevido a hacer lo mismo.
He aquí cómo aprendí a codiciar en silencio, a disimular y mentir, a ser solapado y hasta ratero, antojo que nunca había tenido y de que no pude librarme luego completamente. Siempre conducen a esto la codicia y la impotencia. Por esto son bribones todos los criados y lo deben ser los aprendices; pero estos últimos pierden más tarde las vergonzosas inclinaciones adquiridas porque llegan a un estado de igualdad tranquilo, donde todo cuanto ven está a su disposición. No habiendo tenido yo tanta fortuna, tampoco toqué aquel resultado.
Casi siempre los buenos sentimientos mal dirigidos hacen dar a los niños el primer paso hacia el mal. A pesar de todas las privaciones y tentaciones continuas, hacía más de un año que estaba yo en casa de mi amo, sin que me resolviera a tomar nada, ni siquiera cosas de comer. Mi hurto primero fué asunto de complacencia; luego, introducción de muchos otros, cuyo objeto no era tan loable.
Había en casa de mi amo un camarada llamado Verrat, cuya casa vecina tenía jardín, algo separado, en que se criaban magníficos espárragos. Verrat, que andaba muy escaso de dinero, entró en deseo de robar a su madre unos espárragos, a la sazón en que daban sus primicias, y venderlos para hacer algún almuerzo divertido; pero como no quería exponerse y tampoco era muy ligero, me escogió a mí para la empresa. Después de varias zalamerías preliminares, que me engañaron tanto mejor cuanto que no adivinaba su fin, me hizo la propuesta corno una ocurrencia del momento. Me negué, insistió él, y, como nunca supe resistir a las caricias, hube de rendirme al fin. Todos los días, por la mañana, iba a coger los mejores espárragos, que llevaba a Molard, donde alguna mujer, comprendiendo que acababa de robarlos, me lo echaba en cara para conseguirlos más baratos. Asustado, tomaba lo que querían darme por ellos y lo entregaba a Verrat, que lo convertía en un almuerzo enseguida, almuerzo que yo había procurado y que se zampaba con otro compañero, contentándome yo con algunas sobras, sin probar siquiera el vino.
Este tejemaneje duró algunos días sin que se me ocurriera robar al ladrón, cobrando mi diezmo del producto.


< Anterior  |  Siguiente >

<<< 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 >>>

Páginas  1-50   51-100   101-150   151-200   201-250   251-300   301-350   351-400   401-450   451-500   501-550   551-600   601-612  
Menú
Home
Biblioteca
Juegos Online
Juegos Flash
Crucigramas
Libros Clásicos
Sopas de Letras
Ingenio
Shop
Chat

En esta sección

Juegos, Cursos y
Enciclopedias gratis

Cursos Gratis
Biografías


Diccionario : A - B - C - D - E - F - G - H - I - J - K - L - M - N - Ñ - O - P - Q - R - S - T - U - V - W - X - Y - Z


Home | Biblioteca | Juegos | Crucigramas
  Acanomas.com : El mundo de los Juegos Acerca de Acanomas.com  

Contáctenos | Cómo publicitar | Términos y condiciones
Copyright ©1999-2008 Acanomas Networks. Todos los derechos reservados