Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.18
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En ese instante, perdiendo la serenidad, prorrumpimos en gritos de alegría que llamaron la atención del señor Lambercier. Fué una verdadera lástima, porque estaba celebrando él la buena calidad de la tierra, que absorbía tan pronto el agua. Sorprendido de verla dividirse en dos partes, exhala también exclamaciones, observa, descubre la picardía y, cogiendo bruscamente un azadón, revienta de un golpe nuestro canal, saltan dos o tres astillas, y gritando a voz en cuello: ¡un acueducto, un acueducto!, golpea allá y acullá sin piedad, y cada golpe iba a dar en nuestros corazones. En un instante fué desecho el conducto, y las tablillas, el hoyo, el sauce, todo fué a rodar, sin que se oyera durante tan horrible estrago más que esta exclamación que no cesaba de repetir: ¡un acueducto, un acueducto!
Creerá alguno que esta aventura tuvo un fin desastroso para los infantiles arquitectos; nada de eso: todo acabó aquí. El señor Lambercier no nos riñó ni una sola vez, ni nos puso mal gesto, ni nos dijo una palabra más sobre el asunto y aun poco después hallándose con su hermana, le oímos reírse a carcajada tendida, pues su risa se oía desde lejos, y lo más particular es que, pasada la impresión primera, nosotros mismos no nos sentimos extremadamente desconsolados. Plantamos en otro sitio un nuevo árbol, y a menudo recordábamos la catástrofe del primero, repitiendo enfáticamente la exclamación: ¡un acueducto, un acueducto! Hasta entonces había tenido yo arrebatos de orgullo cuando me sentía un Arístides o un Bruto; pero en ese instante sentí el primer movimiento de vanidad bien determinada. Haber construido un acueducto con nuestras propias manos, haber puesto una rama en competencia con un grande árbol, me parecía el colmo de la gloria. A la edad de diez años juzgaba mejor en este punto que César a los treinta.
Tan fija ha permanecido o vuelto a mi memoria la idea de aquel nogal y de la historieta que con él se relaciona, que uno de los más gratos motivos que me condujeron a Ginebra el año 1754 fué ir a Bossey para visitar los monumentos de mis juegos infantiles, y sobre todo el nogal querido, que a la sazón contaría ya un tercio de siglo. Pei3o me vi tan asediado, sin tener un momento mío, que no encontré oportunidad para lograr mi anhelo. Ya no es probable que tenga otra ocasión de ir allá; sin embargo, conservo todavía este deseo y no he perdido aún la esperanza; estoy casi seguro de que, si alguna vez lograse volver a esos sitios amados, regaría con lágrimas mi querido nogal si lo encontrase todavía.
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