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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.10

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Durante mucho tiempo se concretó a la amenaza, pareciéndome espantosa la prometida pena, nueva enteramente para mí; pero desde que la sufrí me pareció mucho menos terrible de lo imaginado. Y lo más particular es que aquel castigo aun me aficionó más a lo que me lo había impuesto, de modo que fué necesaria mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para que no tratara de conocer la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría parecido tan gustoso. Pero, atendido su carácter, no había que pensar en semejante sustitución: y me abstenía de merecer el correctivo por temor de disgustar a la señorita Lambercier; pues tal es el imperio 3ue sobre mí ejerce la benevolencia, aun aquella que debe su origen a mis sentidos, que siempre se sujetaron éstos a su ley en mi corazón.
Mas, aunque yo procuraba evitarlo, sin temerlo, llegó un día la repetición del castigo, sin culpa mía, a la verdad o al menos sin que me la hubiese yo procurado deliberadamente, y debo en conciencia confesar que aproveché la ocasión. Pero fué por segunda y última vez, pues habiendo ella observado, sin duda por alguna señal, que no lograba el fin que se proponía. Declaró que renunciaba al procedimiento, añadiendo que se fatigaba demasiado. Hasta entonces habíamos dormido en su cuarto y a veces en su misma cama en las noches de mucho frío: dos días después se nos trasladó a otro cuarto y en adelante tuve el honor, que ninguna falta me hacía, de que me tratara como a un adolescente.
¿Quién creería que este castigo de chiquillo, recibido a la edad de ocho años, por mano de una mujer de treinta, fué lo que decidió mis inclinaciones, gustos y pasiones por todos los días de mi vida y precisamente en sentido contrario del que podría naturalmente imaginarse? Mientras por una parte se despertaron mis sentidos, tomaron tal giro mis deseos que se limitaron a lo que había experimentado: de modo que, dotado de una sensualidad ardiente desde la más tierna infancia, me conservé libre de toda impureza hasta la edad en que se desarrollan los temperamentos más lánguidos y tardíos.


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