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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.7

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No puedo explicarme en qué consiste el conmovedor encanto que encuentro en esta canción; pero me es completamente imposible llegar al último verso sin derramar lágrimas. Me ha tentado mil veces el deseo de escribir a París para saber el resto de las palabras que no puedo recordar, por si hay quien las recuerde todavía. Pero estoy seguro de que gran parte del placer que me causa el recuerdo de esta canción desaparecería al tener la prueba de que la han cantado otras voces que la de mi tía Susana.
Tales fueron las primeras emociones de mi vida: así empezó a formarse o darse a conocer mi corazón tan tierno a la vez y tan altivo, mi carácter afeminado y, sin embargo, indomable, que fluctuando siempre entre el valor y la flaqueza, entre la molicie y la virtud, me ha puesto siempre en oposición conmigo mismo: y por esta causa no he tenido abstinencia, ni la sensualidad me ha vencido; no he sido prudente ni disipado.
Esta forma de educación fué interrumpida por un accidente cuyas consecuencias han influido en todo el resto de mi vida. Tuvo mi padre una riña con un capitán francés, llamado Gautier, que contaba con parientes en el Consejo. Este hombre, insolente y cobarde, echó sangre por la nariz, y para vengarse acusó a mi padre de haber usado la espada en la ciudad, obteniendo un auto de prisión contra el acusado. Mi padre se obstinaba en que se prendiese también al acusador con arreglo a la ley; mas, no pudiendo lograrlo, prefirió expatriarse para toda la vida, saliendo de Ginebra, a ceder en esta cuestión en que juzgó comprometidos la libertad y el honor.
Quedé bajo la tutela de mi tío Bernard, a la sazón empleado en las fortificaciones de Ginebra. Había muerto su hija mayor, quedándole un hijo de la misma edad que la mía, y ambos fuimos enviados a Bossey, donde nos pusieron de internos en casa del pastor Lambercier para que aprendiésemos, juntamente con el latín, toda la hojarasca de que rodean su enseñanza y a la que dan el nombre de educación.
Los dos años que permanecí en la aldea dulcificaron un tanto mi romana aspereza, restituyéndome a la infancia. Mientras había estado en Ginebra, donde a nada se me forzaba, hallé gratos el estudio y la lectura; casi no tenía otra diversión; pero en Bossey el trabajo hizo que me aficionase a los juegos que nos servían de descanso.


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