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Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) - pág.5

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Tenía un hermano que me llevaba siete años, dedicado al oficio de mi padre. El entrañable cariño que a mí me tenían hacia que le tratasen con algún desvío, hecho que no apruebo de ningún modo; su educación se resintió por ello.
Entregóse al libertinaje antes de tener edad para ser un libertino. Pusiéronle de aprendiz en otra casa, de donde a menudo se escapaba, como lo había hecho de la casa paterna. Yo apenas lo vela, casi puedo decir que no lo conocía; pero no por esto dejaba de quererle tiernamente, y él me amaba como puede amar un pilluelo cualquier cosa. Recuerdo que un día en que mi padre, lleno de cólera, lo castigaba rudamente, yo me arrojé impetuosamente en medio de ellos y le abracé estrechamente, ocultándole así y recibiendo sobre mí los golpes que le iban dirigidos, y tal fué mi tenacidad en conservar aquella actitud, que fué preciso que mi padre lo dejara, ya fuese aplacado por mis ruegos y mis lágrimas, ya para no maltratarme más que a él. En fin, tanto se fue maleando, que desapareció de repente. Algún tiempo después supimos que estaba en Alemania, aunque no escribió una sola vez. Desde entonces nada se ha sabido de él, y he aquí cómo vine a quedar hijo único.
Sí aquel pobre muchacho fué educado con descuido, no sucedió lo mismo con su hermano. Ni los hijos de los reyes podrán ser objeto de tanto esmero como lo Luí yo durante mis primeros años; y, por caso raro, idolatrado de cuantos me rodeaban, siempre fui tratado como hijo querido pero nunca como hijo mimado. Hasta que salí del hogar paterno nunca me permitieron ir solo por la calle con los otros chicos; nunca tuvieron que reprimir en mí ni permitirme ninguno de esos caprichos que se imputan a la naturaleza y que son efecto sólo de la educación. Tenía, sí, los defectos propios de aquella edad; era hablador, goloso, algunas veces embustero. Hubiera robado fruta, dulces, cosas de comer; pero nunca me agradó hacer mal, perjudicar ni acusar a nadie, como tampoco molestar a los pobres animales. Recuerdo, sin embargo, haberme orinado un día en el puchero de una vecina, llamada la señora Clot, mientras ella estaba en el sermón, y confieso que todavía me hace reír este recuerdo, porque la buena mujer era la más gruñona que he conocido en mi vida.


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