Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.551
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¿Sabia yo a 1o que me obligaba? No lo sé, pero sabía que haciéndote feliz, yo también lo sería. Velando por ti, velaría por los dos.
»Mientras ignoramos lo que debemos hacer, la sabiduría consiste en permanecer en la inacción. Esta es entre todas las máximas la más necesaria al hombre y la que menos sabe seguir. Buscar la felicidad ignorando dónde está exponerse a huir de ella y correr tantos peligros como sendas hay para descarriarse. Pero a todo el mundo le es posible estar quieto. En la inquietud del deseo por nuestro bienestar preferimos engañarnos corriendo tras él antes que dejar lo que sea para encontrarlo, y una vez nos alejamos de donde está, ya no sabemos retroceder.
»Traté de evitar el mismo error con la misma ignorancia. Cuidando de ti, determiné no dar un paso inútil e impedir que lo dieras tú. No me aparté de la senda de la naturaleza, puesto que ella me enseñaba la senda de la felicidad. Ha resultado que eran una misma y que sin pensarlo la había seguido.
»Sé mi testigo, sé mi juez, y jamás te recusaré. Tus primeros años no han sido sacrificados a los que debían venir después, y has disfrutado de todos los bienes que la naturaleza te había otorgado. De los males a que te sujeto, y los que he podido evitar, sólo has sufrido los que podían endurecerte para los demás. No has soportado ninguno que no fuera para evitar otro
Librodo
mayor. No has conocido ni el odio ni la esclavitud; contento y libre, has sido justo y bueno pero el pesar y el vicio son inseparables y solo son malvados los desgraciados. Ojalá que el recuerdo de tu infancia te dure hasta la vejez. Espero que tu buen corazón siempre se acordará de ella para bendecir la mano que la dirigió.
»Al entrar en la edad de uso de razón, te guardé de la opinión de los hombres; al hacerse sensible tu corazón, te preservé del imperio de las pasiones. Si hubiera podido prolongar esta interior tranquilidad hasta el fin de tu vida, yo habría afirmado mi obra y siempre serías todo lo feliz que un hombre puede ser, pero en vano, querido Emilio, he templado tu alma en la Estigia, pues no he conseguido hacerla invulnerable por todas partes; se presenta un nuevo enemigo que aún no has aprendido a vencer y del que no puedo liberarte.
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